Perdidos. Crónicas de la noche profunda.

7,00

(50,00 Pesos Argentinos en librerías).

130 páginas.

Sergio Daniel Esteve
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En español

A diferencia de cuentos con finales felices, en los relatos de Daniel el amanecer no es portador de la solución mágica ni el sosiego eterno. El alba no es más que un llamado a descansar para continuar con la misma vida la noche siguiente. La luz del sol no limpia ni borra recuerdos, sino que es la canción de cuna para los perdidos.

Soledad Toledo

Una noche. Sólo una noche, en la esquina de Bulevar Las Heras y Martín García. Hace muchos años ya. Mi camino se cruzó con el de Daniel, entre mujeres y tragos, convocados por un amigo en común. Un pendenciero simpático que tomaba y peleaba como un irlandés. Fue una noche de voces levantadas y trompadas voladoras. Tuvimos que escapar antes de que nos oscurecieran un ojo. En ese momento no comprendíamos, ni Daniel ni yo, que estábamos haciendo lo que la ciencia llama “un trabajo de campo”. Yo no sabía que él, con el correr del tiempo, iba a continuar con sus rondas nocturnas; metiéndose en embrollos infernales hasta terminar haciendo lo único que sabe: huir para contarlo. Y él no sabía que yo, en vez de envejecer, me iba a convertir en un personaje de ficción. Alguien que, desde el limbo donde viven los que existen sin ser vistos, puede leer sus cuentos y conmoverse gracias a la sinrazón de sus desvelos.

Juan Carlos Maraddón

Sergio Daniel Esteve comenzó los estudios de ingeniería en la Universidad Católica de Córdoba en 1977 a los 17 años de edad. Invitado por el titular de la Cátedra de Filosofía, en julio de ese año concurrió durante un fin de semana largo a un retiro espiritual a las afueras de Cosquín. Durante las noches se escaba por una ventana junto a otros amigos, caminaba por la ruta hasta Cosquín y regresaba a las seis de la mañana en un estado impropio para alguien que debía asistir a la misa de las siete. En el mismo año, siendo menor de edad entró por primera wez a una whiskería de la calle La Rioja y descubrió casi de inmediato que los sitios y los personajes nocturnos lo seducían más que los retiros espirituales. Ese fue el comienzo de su largo viaje por las noches de Córdoba, que nunca tuvo como objetivo escribir un libro.